ESCENARIO
1.- REALIZA UN RESUMEN DE ESTA INFORMACIÓN.
Los límites del imperialismo. Durante el siglo xix, el mundo fue testigo de la instau ración de nuevos mecanismos de apropiación territorial y control de las personas que vivían en ellos por parte de las potencias coloniales. Entre los siglos xv al xviii, establecer colonias tenía una serie de finalidades, de acuerdo con la forma en la que cada una de las naciones colonialistas —en primer lugar, España y Portugal, seguidas por Inglaterra, Francia y los Países Bajos— se pensaba a sí misma. Los portugueses, lo mismo que los franceses y los neerlandeses, se apropiaron inicialmente de pequeños espacios en las costas —llamados enclaves— para intercambiar artículos con los pobladores nativos, y que posteriormente se introdujeron en el territorio con la finalidad de extraer, por su cuenta, pieles de animales, metales o piedras preciosas y, por supuesto, esclavos. Los españoles, en cambio, llevaban a cabo grandes empresas civilizatorias, por medio de las cuales fundaban ciudades, construían caminos, trasplantaban sus instituciones al sitio al que llegaban y, en general, se esmeraban por reproducir las condiciones de vida a las que estaban acostumbrados, al tiempo que empleaban mano de obra nativa porque les generaba riquezas o para la extracción de los recursos del lugar, sin dejar de lado la colosal tarea de convertir a los aborígenes al cristianismo y educarlos en los valores occidentales relacionados con el trabajo, la propiedad y el orden social.
Los ingleses, finalmente, empleaban variantes de los dos métodos, aunque solían no mezclarse con los nativos ni incorporarlos a sus formas de ver el mundo. Con la industrialización hubo grandes modificaciones en las distintas formas de concebir el mundo, relacionarse, comunicarse, trabajar e incluso protestar. En términos generales, la industrialización implicaba producir más artículos en menos tiempo, lo que bajaba sus costos, pero a cambio exigía mayores cantidades de materias primas y, también, cantidades crecientes de consumidores que adquirieran lo que las fábricas producían sin cesar. Se requería, asimismo, una inversión importante para adquirir el equipo necesario y una masa de trabajadores que pudieran asumir las tareas que habrían de realizarse. La industrialización transformó la vida de las personas, pero también al paisaje. A la par que las ciudades crecían y se llenaban de edificios cada vez más altos sostenidos por vigas de acero, sus calles comenzaban a mostrar tranvías movidos por caballos, máquinas de vapor o electricidad. Las fábricas llenaron el aire de emisiones con taminantes que producían sus chimeneas y que, con el sonido de los silbatos, indicaban el inicio o el fin de la jornada laboral.
El ferrocarril avanzó para conectar entre sí a las ciudades y a éstas con los centros productores de materias primas, con los puertos o con los lugares que comenzaban a florecer por ofrecer distintas opciones para divertirse, para descansar o, simplemente, para admirar el paisaje.