El Docente Formador Contemporáneo de los Institutos Pedagógicos del Perú

CIENCIAS SOCIALES CICLO FORMATIVO

INTRODUCCIÓN

El Docente Formador Contemporáneo de los Institutos Pedagógicos del Perú

Prof. Teodorico Paucar Rios

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En la actualidad, hablar del rol del Docente Formador de los Institutos de Educación Superior Pedagógicos Públicos es un tema muy controvertido, por lo tanto es preciso preguntarse si la sabiduría está fundamentada en la autoridad de quien enseña, y sobre todo, a través de sus acciones. Por consiguiente, «la verdadera autoridad no violenta a nadie, no obra por imposición, sino por convicción. Su fuerza brota del mismo fondo de la vida» (Remolina 2000:1) por lo tanto la autoridad es a diferencia del poder, una fuerza moral que se impone de manera serena y tranquila y es aceptada de buena gana, porque es el fruto de la autenticidad

 

Es preciso preguntarse si la sabiduría está fundamentada en la autoridad de quien enseña, y sobre todo, a través de sus acciones. Por consiguiente, «la verdadera autoridad no violenta a nadie, no obra por imposición, sino por convicción. Su fuerza brota del mismo fondo de la vida» (Remolina 2000:1), por tanto, la autoridad es, a diferencia del poder, una fuerza moral que se impone de manera serena y tranquila y es aceptada de buena gana, porque es el fruto de la autenticidad.

 

La autoridad se basa en la experiencia de quien ha transitado por la vida vivenciando los valores una total coherencia entre lo que dice y hace, lo que exige y da. Es así como el maestro debe enseñar con autoridad, que significa dominio del conocimiento y fuerza moral que brota de su experiencia y autenticidad. De aquí surge el testimonio de vida y la congruencia de quien comunica un saber.

 

Lo que caracteriza al maestro es la sabiduría, la autoridad y la libertad, puesto que la sabiduría misma se relaciona con la vida no sólo con el conocimiento y la ciencia; es, además, el arte de juzgar rectamente las cosas, los acontecimientos humanos y, sobre todo a las personas; significa también asumir serenamente la realidad de la vida y encontrar el verdadero sentido en ella, referirse al sentido de lo humano y también de lo divino; es el arte de valorar justamente las situaciones y de ejercitar la prudencia en la forma de actuar, proceder con rectitud y buscar la justicia (Remolina 2000:3).

 

El maestro del nuevo milenio manifiesta actitudes de liderazgo basado en una cultura humanizante o de desarrollo integral de la persona; está llamado a constituirse como un nuevo ser humano, un acompañante y no un protagonista. De acuerdo con el autor citado, el auténtico líder debe tener una nueva filosofía de vida, una concepción prospectiva del mundo y de las relaciones humanas que le permitan vivir con autenticidad, al dar y recibir; de esta manera, coadyuva al desarrollo integral de la sociedad del futuro.

 

Con el fin de lograr que la educación responda a estas exigencias, es necesario reflexionar sobre la labor educativa que realizan los maestros en los institutos pedagógicos públicos, quienes en virtud de su misión, cultivan con asiduo cuidado las facultades intelectuales de sus alumnos, desarrollan la capacidad del recto juicio, promueven el sentido de los valores, preparan para la vida profesional, fomentan el trato amistoso entre las personas de diversa índole y condición, contribuyendo a la comprensión mutua para acrecentar las herencias intelectuales, espirituales y físicas (Borrero 1995: 52). Además, se constituyen en agentes para que la potencia se convierta en acto, o mejor, «asisten» al otro para que logre ser y realizarse a plenitud (Vásquez 2000:13).

 

El maestro sabe que está en juego una vida, y eso entraña una gran responsabilidad ética, moral, política y humana. Con estas expresiones subrayamos que , al hablar de vida humana, no nos limitamos exclusivamente al aspecto «biológico», al fenómeno común en los humanos y en los demás seres vivientes, sino precisamente a lo que es más propio del ser humano: desarrollo integral de todas las potencialidades de la persona.

 

El liderazgo de este nuevo tipo de maestro se caracteriza por el amor y respeto a la vida, eje y centro del crecimiento espiritual y físico, solidaridad con los semejantes,  identidad, confianza en sí mismo y en los demás, alegría de dar y compartir en contraposición al acumular, explotar y manipular a los otros; luchar contra la codicia, el odio, el engaño; tratar en lo posible de no ser esclavo de los ídolos ni de las bajas pasiones que degradan a los hombres y mujeres; incrementar la capacidad de servicio, el pensamiento crítico. La meta suprema del vivir ha de ser para el maestro el pleno desarrollo de sí mismo y de aquellos con quienes comparte sus saberes y experiencias, pues ha de saber que para alcanzar este logro «es necesaria la disciplina y el respeto a la realidad. Desarrollar la imaginación, no para escapar de las circunstancias intolerables, sino para anticipar las posibilidades reales, como medio para suprimir las circunstancias intolerables» (Vásquez 2000:14).

 

En este sentido, el maestro líder ha de ser un dechado de valores humanoscuya influencia se expresa en el amor, delegar y dejar hacer, inspirar, mediar, valorar y escuchar así como tolerar a quienes piensan de modo diferente, educar más con el ejemplo que con la palabra, ser firme en sus opciones y decisiones, motivar a quienes lo rodean para las buenas acciones, modificar o innovar y construir, tener empatía o sinergia con quienes le son afines pero no rechazar ni subestimar a quienes no lo son; comprometerse con audacia en la instauración de un mundo nuevo y de la sociedad del conocimiento con sentido prospectivo, sembrar valores para cosechar valores, tener fe en lo que hace y en lo que espera, dirigir hacia la consecución del bien, generar vida, construir el futuro, dar y compartir, cooperar en el cuidado de la naturaleza, en la lucha por una alta calidad de vida, recibir los frutos de su trabajo, orientar con sabiduría, exigirse a sí mismo para exigir a los demás, persuadir para alcanzar un objetivo, interactuar, lograr que se hagan las cosas, visualizar, transformar; en síntesis, ser competitivo, visionario y excelente (Vásquez 2000:25). El maestro como potenciador de valores debe erigirse como un modelo de virtudes humanas.

 

El primer paso que debe tener en cuenta el maestro, es quitar del propio espíritu y del ajeno el temor a la libertad. Los humanos, individualmente y en la sociedad, experimentan un natural temor ante la autonomía, tal vez por recelo a lo desconocido prefieren la comodidad de lo conocido y seguro a la incertidumbre de los caminos que han de construir. Por tanto, el maestro debe, ante todo, ser un animador en la educación para la autonomía, antes que pastor de conformistas.

 

El maestro de la libertad debe armarse de enorme comprensión ante las fallas y los desfallecimientos de sus estudiantes, puesto que nadie nace aprendido, ni en el breve término de un día madura el fruto ni la espiga grana. Desde luego, debe respaldarse la sana crítica y las juiciosas innovaciones, al ritmo cambiante de las circunstancias. El verdadero educador forma para la vida auténtica, la verdad y la libertad. Por ello, él mismo ha de ser un modelo de libertad para los educandos.

 

De igual modo, el maestro debe responder a las necesidades sensibles y exigencias de la sociedad del nuevo siglo: como actor participante, propiciador del diálogo interpersonal, capaz de fusionar el conocimiento y la vida, potenciador de saberes y valores, además de promotor del desarrollo humano, teniendo presente la complejidad del conocimiento globalizado, de la persona y del mundo en que se halla inmersa como agente de cambio social en perspectiva comunicativa y por ende ayudar al estudiante a autoconstruir el conocimiento, según expresa Nietzsche: «nadie puede construir el puente sobre el cual haya de pasar el río de la vida; nadie, a no ser tú». 

  1. TAREA: Extrae 5 ideas principales del texto, relacionadas a la formación docente.

 

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